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AMOR Y AUTORIDAD

Sucio, con manchas negras
de grasa de taller y de motores.
Sus ojos relucían tan oscuros
como las manchas.
Al tropezar con él en las calles del pueblo,
siempre me amenazaba, acorralándome
con la brutalidad de su sonrisa
y me quitaba lo que yo llevase
la merienda, unos cromos, un cuaderno.
Vivir podía ser, pues, humillante.
Nunca lo delaté y, con su fuerza,
me hizo descubrir lo que era el odio.
No confiar en ninguna autoridad.
Ninguna autoridad, ningún amor.

 

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