Amar es dónde

IDENTIDAD

¿Qué hacer con las palabras al final?
Sólo puedo buscar, para saber qué soy,
en la infancia y ahora en la vejez:
ahí es donde la noche es fría y clara
como un principio lógico. El resto de mi vida
es una confusión por todo aquello
que nunca he comprendido:
las tediosas dudas sexuales
y los inútiles relámpagos
de inteligencia. Debo convivir
con la tristeza y la felicidad,
vecinas implacables.
Se acerca la última verdad, durísima y sencilla.
Como los trenes que en la infancia,
jugando en el andén, me pasaban rozando.

 

BODAS DE ORO

Mujer que enamoras el tiempo
con la pasión de tu cabello blanco,
tu fría pulcritud azul invierno.
Hoy el amor es esta inteligencia
de una mirada erótica y amable
que ya no necesita mentir más.

 

La vida es, con la edad, un patio que da al norte
y tú lo has convertido en un jardín.
Íntima Venus mía, sensualidad callada
de la fuerza que tienen los recuerdos.
Tan sólo el sexo es cálido.
Hay lágrimas que son las mejor protegidas.
Lobos y buitres las custodian.

 

LA SILLA DE RUEDAS DE JOSÉ EMILIO PACHECO

Camino al lado de la silla
que alguien empuja con torpeza. México.
Al salir del hotel, la rueda encalla.
Joana: ¿has visto cómo me he agachado,
y he abierto los reposapiés
poniéndole las piernas en su sitio?
Toda mi vida junto a ti ha vuelto
y no deseo alzar otra vez la cabeza
porque eres tú, ahora, a quien ayudo.
¿Me has visto maniobrar en el peldaño?
¿Has recordado cuando te empujaba
y tú, confiada, ibas en la silla de ruedas?

 

Comencé en presente este poema.
Él está con Joana.
Las dos sillas de ruedas, ya vacías,
se hacen compañía
mientras, a los dos lados del Atlántico,
un ventoso presente sin olvido
golpea cada vez menos retórico.

 

Aguascalientes, con Cristina y José Emilio, 9 de noviembre de 2013.
Sant Just, 16 de febrero de 2014.

 

CONOCIMIENTO

Cavar entre las piedras, los terrones,
las raíces que nunca arrancarás.
Es el precio que tiene lo profundo.
Cavar es religioso.
Es una forma de bondad.
Cavar de noche. Luego arrodillarse
y alzar los ojos hacia el firmamento
sin olvidar que todo ha de buscarse en tierra:
cómo alzar una casa, o escribir poesía.
Incluso desde dónde poder volver a amar
en este temporal de la memoria.

 

DÍAS DE 1948 EN EL TURÓ-PARK

Alto y construido con ladrillos rojos,
el bloque, por detrás, dónde daba mi casa,
tenía mucha luz: se abría a la maleza
de afueras y solares del suburbio.
Delante estaba el parque con el orden
del misterioso verde oscuro urbano.
De aquel lado de atrás me asustó siempre
un erial demasiado luminoso.
Como una alegoría del país devastado
en el que yo nací. Del lado de delante
me ha asustado acabar como un intruso
en un parque bellísimo sin haber sido nunca
un romántico inglés de clase alta.
Esplendor y adustez son mala simetría.
Me gusta, a veces, regresar al parque.
Ahí lo descubrí: para ser libre,
que aquellos que te quieren
no sepan dónde estás.

 

AMOR Y AUTORIDAD

Sucio, con manchas negras
de grasa de taller y de motores.
Sus ojos relucían tan oscuros
como las manchas.
Al tropezar con él en las calles del pueblo,
siempre me amenazaba, acorralándome
con la brutalidad de su sonrisa
y me quitaba lo que yo llevase
la merienda, unos cromos, un cuaderno.
Vivir podía ser, pues, humillante.
Nunca lo delaté y, con su fuerza,
me hizo descubrir lo que era el odio.
No confiar en ninguna autoridad.
Ninguna autoridad, ningún amor.

 

LEJOS

Un perro abandonado va por la carretera,
busca la esclavitud en el peligro.
Cuando anochece,
jadeante, le quedan aún fuerzas
para ladrar a los primeros faros,
que lo deslumbran.
La carretera pasa junto al mar
en una costa abrupta.
El mundo puede ser bellísimo,
pero tiene que incluir la humillación.
Soñar tan sólo es
buscar un amo.

 

LA ÉPOCA GENEROSA

Nuestros, como canciones
que nos hacen llorar, son esos días
que fueron la verdad de los anocheceres
sonrientes y del baño de los niños.
El alegre cansancio de la cena.
Las caras que no han vuelto
a confiar como entonces.
La vida se alimenta de días generosos.
De dar y proteger.
Si se ha podido dar, la muerte es otra.

 

BARCELONA

Su nombre es un refugio todavía.
La civil santidad de la codicia
y el exabrupto generoso
de Montjuïc, los muertos frente al mar.
¿Dónde está aquella culta burguesía?
¿Dónde, aquellos obreros que, además de su oficio,
se sabían poemas de memoria?
¿Qué puede unirme aún a una ciudad
que veo con su cara maquillada,
como de madre muerta?
Callo mientras escucho los tranvías de hierro
que cuando yo era joven pasaban por la Rambla:
una sonata de pobreza y rosas.
Pero, en Montjuïc tengo dos hijas,
y ahora me ofende un gentío extraño
que se ciega en la fiesta innecesaria
de gélidos hoteles, de superfluos
escaparates. Suele, en los refugios,
hacer más frío que en ninguna parte,
desolada ciudad que haces de puta.

 

VENGO DE ALLÍ

Vivo en ciudades de edificios altos,
al sesgo y que se inclinan
para exhibir, suntuosos,
la fuerza del peligro y de la insensatez.
Son titanio y cristal reflejando las nubes.
Pero la vida son también andamios,
humildes esqueletos hacia arriba.
Como un traidor de Shakespeare,
la opulencia planea siempre un crimen.
Y yo soy una carta mal escrita
por la gente que abrió
paso al agua hasta el fondo de los huertos.
Vengo de allí. Lo que haya en mí de noble
sólo puede venir de la pobreza.
Ella con humildad retira el andamiaje
y deja muros rectos, verticales y clásicos.
Ella apartó la tierra con la azada.
La he conocido. Sé qué es.
No voy a confundirla con lo otro,
lo que hay de miserable en la opulencia.

 

AMISTAD DE OTOÑO

Tanto han crecido en el jardín los árboles,
que nos dan la medida del pasado.
De cómo, desde lejos no alcanzo a comprenderlo.
De cómo es tan hermoso que se pueda esperar
en la distancia a alguien que no ha de volver nunca.
El álamo más alto fue dejando caer
un túmulo de hojas hasta cubrir el césped.
Cada año, con paciencia, las hemos recogido.
Ahora, en silencio,
el sol pasa a través de las ramas desnudas
y entra hasta iluminar el suelo de la estancia.
El grosor de hojarasca
no lo remueve más que el viento
o alguna madrugada el jabalí.
Nadie recogerá las hojas este año.
Nos consuela el dorado reflejo de un desorden
que se adentra en la grave comprensión del invierno.

 

AMAR ES DÓNDE

Sentado en un tren miro el paisaje
y de pronto, fugaz, pasa un viñedo
como el relámpago de una verdad.
Sería un error bajar del tren
porque entonces la viña desaparecería.
Amar es dónde, algo lo evoca siempre:
un terrado a lo lejos, la tarima vacía
(en el suelo una rosa) de un director de orquesta,
los músicos que hoy están tocando solos.
Tu habitación al clarear el día.
Y, claro está, los pájaros que cantan
en aquel cementerio una mañana de junio.
Amar es un lugar.
Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos.
Y también el lugar donde queda la vida.

 

Amantes en el metro

El trayecto se mece en él y en ella:
gordos, de unos cincuenta, con la ropa
desolada de tanto ponérsela y quitársela.
En el túnel se acusa la indigencia,
un ansia alcohólica, un aire
que justo se insinúa deficiente.
Ella ha empezado a darle besos
y a acariciarlo con torpeza
mientras va murmurándole al oído.
Al sonreír muestran sus dientes,
desordenados pájaros al alba.
El tren se ha detenido en la estación
en la que han de bajar. Con un rebufo,
las puertas se han cerrado detrás de ellos.
Nadie sonríe ya. Las sacudidas marcan
el ritmo de unas mentes como lobos
que buscan desde dónde amar de nuevo.

 

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