Casa de misericordia

Saturno

Destrozaste mis libros de poemas.
Los lanzaste después por la ventana.
Las páginas, extrañas mariposas,
planeaban encima de la gente.
No sé si ahora nos entenderíamos,
viejos, exhaustos y decepcionados.
Seguramente no. Mejor dejarlo así.
Querías devorarme. Yo, matarte.
Yo, el hijo que tuviste en plena guerra.

 

Ser viejo

Entre las sombras de los gallos
y los perros de patios y corrales
de Sanaüja, se abre un agujero
que se llena con tiempo perdido y lluvia sucia
cuando los niños van hacia la muerte.
Ser viejo es una especie de posguerra.
Sentados a la mesa en la cocina,
limpiando las lentejas
en los anocheceres de brasero,
veo a los que me amaron.
Tan pobres que al final de aquella guerra
tuvieron que vender el miserable
viñedo y aquel frío caserón.
Ser viejo es que la guerra ha terminado.
Es saber dónde están los refugios, hoy inútiles.

 

El malecón

Un hombre en pie delante de la dársena.
Después del temporal, asumidas las pérdidas
y amarrados los grandes y erráticos dolores,
el puerto es el mejor lugar para esperar.
El puerto es como él: en su interior,
enormes, reposados, mar y barcos.

 

SHOSTAKOVICH. SINFONÍA “LENINGRADO”

¿Lo recuerdas? Joana había muerto.
Íbamos hacia el norte, tú y yo, en coche,
hasta el apartamento junto al mar,
y escuchábamos esta sinfonía.
Iniciamos el viaje una mañana
llena de luz y, dentro de la música,
el día era de muros cubiertos por el hielo,
sombras con sacos a medio llenar
y, en el lago, trineos con cadáveres.
Como una pista de aeropuerto al sol,
huía la autopistaetrás de los sonidos se extendía
una niebla de obuses ocultando
las huellas de los tanques en la nieve.
Fue en julio, una mañana de oro azul
que destellaba en el cristal del mar.
Los metales y cuerdas resonaban
con la gloria, en pasado como siempre,
rechazando la vida, como siempre.

De noche no se oía más rumor
que el de las olas bajo la terraza.
En cambio, dentro de nosotros,
como ocurría dentro de la música,
rugía el temporal de nieve y hierro
que desata la historia al pasar página.

LAS CHICAS

El recuerdo precisa de algún nombre
para poder vivir con lo que le da miedo.
El hombre piensa en ella: la comenzó a perder
al abrazarla la primera noche.
Rompe como una hucha su pasado
y dentro sólo había oscuridad.
En los huesos del tiempo no hay ternura.
Los lugares no existen.
Las chicas ya son viejas o están muertas.

HOTEL ANDORRA PARK

Lee su insomnio en el cristal oscuro.
Aquí, donde después se construyó el hotel,
un muchacho ocultó debajo de una piedra
una carta de amor, y trazó un mapa:
el verdadero mapa de un tesoro.
Pero el tesoro fue una cobardía:
lo que no se atrevió a decirle a una muchacha.
Su última carta de amor,
esa sí que llegó a entregarla en mano.
La cobardía o el desprecio, entonces
-nunca podrá saberlo- vino de una mujer.
Como un barco de guerra va llegando
el alba a los cristales del hotel.
Ya ninguna mujer recuerda carta alguna.
Y las nubes presagian frío y nieve.

AVANZAR DENTRO DE UN CUENTO

Sobre el bosque en silencio cae la nieve,
la gruesa manta que no da calor
a la harapienta multitud de robles.
Bien abrigado, lo atravieso andando:
donde había camino está cubierto
y no queda más rastro que mis pasos.
Hallo un nido caído, un nido grande
como la cuna de una niña muerta.
Para volver atrás ahora necesito
mis propias huellas, pero cae la nieve
y va borrándolas con su silencio.
Hay un golpe de viento, un remolino,
y el nido que atraviesa dando tumbos
un tiempo mudo y frío y sin caminos.

CASA DE MISERICORDIA

El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre, ahora, la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericòrdia.

El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos fueron duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.

 

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