No estaba lejos, no era difícil

MUSEO DEL HOLOCAUSTO, JERUSALÉN

Estaba oscuro bajo la gran cúpula
donde los niños muertos eran pequeñas luces
que temblaban igual que el firmamento.
Una voz recitaba, interminable,
la lista de sus nombres, igual que una plegaria
la más triste que nunca ningún Dios ha escuchado.
Pensé en Joana, pues los niños muertos
están siempre en la misma oscuridad.
Soy demasiado viejo: he de llorar por todos.
He construido viviendas que son como vagones,
esqueletos de hierro que un día arrastrarán
a la gente a un final que ya imaginan,
porque todos han visto la verdad
un destello en un charco de agua sucia.
Aquella sala de los niños muertos
está dentro de mí.
Soy demasiado viejo, he de llorar por todos.

 

La parte más oscura del camino

He bajado al jardín en mitad de la noche.
Como puntas de lanza,
las estrellas marcaban el asedio
lejano pero exacto del olvido.
Justo al salir al frío de los árboles,
un zorro, al verme, se ha quedado inmóvil
en el césped umbrío.
Tras mirarnos durante unos instantes,
ha tomado, sin prisas,
la parte más oscura del camino.
Sus ojos y mis ojos son un enigma idéntico.
He pensado que a veces yo también
entré en otro jardín atravesando
el césped una noche y con mis ojos
sorprendí otra mirada.
Algo se busca. Por lo que yo sé,
sólo la dignidad.
La de la vida mientras se va yendo
hacia lo más oscuro del camino.

 

QUERRÁN QUE TE MUERAS

Oyes el mar tranquilo del crepúsculo,
que es mitad violoncelo y mitad órgano.
Oscurece. Como todos los viejos,
es tu propio final el que vigilas.
Mientras tanto, a lo largo de la playa,
el mar es una pieza de seda desplegándose.
Oyes las olas mientras van diciéndote
que querrán, los que te aman, que te mueras.
Y, si los amas, desearás morirte.
La lógica implacable del amor.
La lógica implacable de la muerte.
Alivio de saber que están tan juntos.

 

Fragmentos

Dentro de mí, desde un lugar oscuro,
levantan en silencio su vuelo dos urracas.
Éramos jóvenes. Tu conducías.
Al salir de una curva,
allí estaban, en medio del asfalto,
picoteando furiosas el cadáver de un perro.
Sin prisas, en el último segundo,
echaron a volar con su elegante
plumaje blanco y negro.
Ninguno de los dos dijimos nada,
pero tú hiciste un gesto de asco.

 

No lo he olvidado nunca. Todavía,
si te miro, en el fondo de tus ojos
dos urracas levantan, con lentitud, el vuelo.
Amo lo que nos queda:
este vuelo nupcial y la carroña.

 

RAQUEL

Te enseñaron a hacerlo todo bien.
Jugando, obediente, te ibas acostumbrando
a lugares seguros que algún día
te fallarían, ya que el orden es
igual de peligroso que el desorden.
Son las habitaciones cerradas de la infancia,
las corrientes de aire, los portazos
en una casa donde ya no hay nadie.
Vienes desde muy lejos con tu sonrisa tímida,
desde un mundo tranquilo en blanco y negro
con tu madre y la estufa de carbón
en una galería con cristales
de muy poco espesor por donde huía
el calor de aquel tiempo hacia el frío
del cielo azul de un patio de manzana.
Te fuiste acostumbrando
a no confiar en ti. A no saber
qué habías hecho mal para que ahora volviese
con palabrotas que no habías dicho
y gestos de desprecio que nunca fueron tuyos.
Porque has sabido amar, pero la vida
cuánta muerte ha llevado hasta tus ojos.
Hoy transmiten de nuevo la tímida ternura
de aquella niña buena en blanco y negro
que aprendió a hacerlo tan bien todo
para salvar así,
pasados tantos años, nuestro amor.

 

CERRANDO EL APARTAMENTO DE LA PLAYA

Ya está limpio y en orden.
Los armarios, cerrados, igual que las ventanas.
Nada al descuido encima de los muebles.
El dormitorio con la cama a punto,
la mesita de noche y el retrato
de la muchacha con los ojos
iluminados por una sonrisa.
Todo el invierno sola y escuchando el mar.

 

PENÚLTIMO POEMA A MI MADRE

Acabada la guerra, solíamos jugar
en nuestra calle, y tú, al oír un avión
salías a buscarnos hasta que su sonido
iba a perderse entre las nubes.
Son las ruinas de aquel lugar seguro
de la infancia. Recuerdo que una vez
me levanté de madrugada
y tú estabas allí en la oscuridad,
sentada en la cocina
igual que una gaviota en una grieta
de la roca durante el temporal.

Veo tan sólo una luz tenue:
la casa que, a pesar de no existir,
me ha hecho sentir menos desdichado.
Hasta que ya el peligro
se haya perdido por el horizonte.

 

NO ESTABA LEJOS, NO ERA DIFÍCIL

Ha llegado este tiempo
cuando ya no hace daño la vida que se pierde,
cuando ya la lujuria es tan sólo
una lámpara inútil, y la envidia se olvida.
Es un tiempo de pérdidas prudentes, necesarias,
y no es un tiempo de llegar
sino de irse. El amor, ahora,
por fin coincide con la inteligencia.
No estaba lejos,
no era difícil. Es un tiempo
que no me deja más que el horizonte
como medida de la soledad.
Un tiempo de tristeza protectora.

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