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Joan Margarit: todo es sentimiento (El Mundo)

LUIS ANTONIO DE VILLENA
Fotografía: QUIQUE GARCÍA

 

Dicen que el leridano Joan Margarit (1938) es hoy uno de los poetas catalanes más leído en España, si no el que más. Algunos sugieren (no es mentira) que, en parte, ello se debe a que Margarit hace las propias versiones de sus poemas del catalán original al español. El hecho de que las versiones sean suyas (no pueden llamarse traducciones) y tengan su sabor y calidad, bienhechura y biendecir, sin duda ayudará, porque hace de Joan un alto poeta en dos lenguas, propias de diferente modo. Pero si estuviéramos hablando de un poeta cualquiera, esta circunstancia no pasaría de muy secundaria.

 

Margarit nos gusta y arrastra porque, ante todo, emociona. Joan es un poeta culto, es un nítido artífice de la sencillez meditada, pero primero es un corazón herido y lúcido y una emoción caudal, temblorosa y cercana. Como dice en el epílogo de su último libro bilingüe editado por Visor, ‘Amar es dónde’, “el poema no se manifiesta más que en relación con la vida de quien lo está leyendo”. Por eso, Margarit no busca lectores eruditos (que nadie desdeña) ni forjadores de sabias teorías literarias, busca al vecino, cercano, sensible y sensitivo. A quien halle en el poema pasión, dolor, melancolía, resignación o calma y quiera llevar todo eso a su ánimo, al interior de cada corazón cansado o salvaje. Dicho muy llanamente, Margarit emociona y alienta.

 

También (con prólogo de José-Carlos Mainer) y esta vez sólo en español por grosor, imagino, una nueva y deseable colección Austral ahora de Planeta, acaba también de editar la casi completa poesía de Margarit, desde los poemas salvados de un libro en castellano, ‘Crónica’ (1975) a sus grandes libros que son todos los últimos (y todos casi en general) ‘Los motivos del lobo’ (1993), ‘Estación de Francia’ (1999), ‘Joana’ (2002), el nombre de su delicada hija muerta, ‘Casa de Misericordia’ (2008), ‘Misteriosamente feliz’ (2008) o ‘Se pierde la señal’ (2012). Yo diría que ya los títulos -sólo he dicho unos cuantos- nos indican un alma ‘tremante’, un hombre que conoce la placidez y el dolor de la vida, y que sin esperanza pero con convencimiento, se aferra a lo único que hay (con solidaridad hacia todos, sin panfleto de ninguna especie) diciendo que no teme partir, que lloró y se llenó de gozos, sabiendo bien -muy bien- que toda real plenitud, sin dejar de serlo, está vacía. “Ser viejo es que la guerra ha terminado./ Es saber dónde están los refugios, hoy inútiles”. El que huele la flor y admira los tornasoles del mar, puede susurrar: ‘Ahora que ya sé que es seca y áspera,/ la vida me resulta más amable’. Hay un poema sobre el mexicano José Emilio Pacheco que en su última dificultad vital, le recuerda a su hija Joana. Pero aunque José Emilio era más culturalista y jugaba con los nombres de la tradición, al encontrarse con él y sus poemas cálidos y cercanos, sin duda Margarit halló a un espíritu gemelo.

 

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